El Basalto, polvo de roca para la fertilización

7 min.

La primera necesidad de toda planta es desarrollar sus raíces en una tierra viva y sana. Más que tratar las hortalizas, los frutales o los cultivos contra las enfermedades y los ataques parasitarios, es preferible cuidar esa tierra para que encuentren los recursos suficientes y se protejan ellas mismas. Con el basalto en polvo, se puede revitalizar la vida microbiana de la tierra y mejorar la función clorofílica de las plantas que en ella crecerán. El autor, ingeniero agrónomo, experimentado agricultor y asesor internacional en agricultura biodinámica, se sirve de sus profundos estudios en química y geología para mostrar con analogías cómo y por qué el polvo de basalto es tan interesante.

El basalto es una lava proyectada por los volcanes en coladas horizontales o que ha permanecido en diques o cuellos verticales, lo que le permite exteriorizar con nitidez sus fuerzas formadoras en prismas hexagonales —como las celdillas de las abejas—, esos famosos órganos basálticos que aparecen en las guías turísticas. El basalto forma parte de las rocas efusivas “‘ que salen de las profundidades de la tierra, como la riolita, la traquita, la andesita. Son todas de estructura hemi-cristalina; están formadas por cristales microlíticos (cristales de una dimensión muy pequeña, difícilmente visibles a simple vista) de dos dimensiones y por un “cemento” amorfo, vidrioso. Estas dos características muestran que en general estas rocas son jóvenes —se están formando todavía hoy— no han tenido tiempo de madurar, de gastar toda su potencialidad. Su dinámica profunda no ha sido consumida, está en reserva. En cambio el granito de las profundidades, según la concepción goetheana, ha llegado a una edad venerable que le permite dar su flor, expresada en esos gruesos cristales yuxtapuestos, visibles a simple vista.

Qué nos revelan sus características

Valoremos las características específicas de los minerales que constituyen estas lavas llamadas basalto y lo que ellas nos revelan. Los basaltos son las lavas más pobres en sílice y en potasa, pero contienen plagioclasa (un feldespato calco-sódico); piroxeno (un feldespatoide, primo hermano del anfíbol, ferro magnesio cálcico como él, pobre en alúmina y anhidro) y peridoto (feldespatoide, silicato anhidro ferro-magnesiano que pierde su calcio). El basalto es muy rico en magnesio, calcio y hierro. La función básica se vuelve aquí dominante, con la asociación del magnesio y del hierro —los metales de fuego— en presencia del rey de los alcalinos, el calcio. El basalto expresa su riqueza en su gran densidad. El magnesio es el metal del “fuego vegetal”, átomo central de la constitución de la clorofila, corazón de esta sustancia. Es el fundamento de la capacidad que tiene la clorofila de captar las fuerzas formadoras transmitidas por la luz. Rudolf Steiner lo llamó portador de la luz solar a la planta. Su presencia activa en el suelo favorece una mejor génesis de la sustancia de las hojas, por tanto de su función clorofílica posterior. El hierro es el metal del “fuego-animal”. Rudolf Steiner resume su actividad biológica en estos términos: “el fuego es el portador de la vida del sol en el oxígeno” (el elemento portador de las actividades vitales), su expresión toma un carácter más vegetal cuando es bivalente (Fe2+) y más animada, animal, cuando es trivalente (Fe3+). El magnesio es el elemento central de la clorofila verde vegetal, mientras que el hierro es el elemento central de la hemoglobina roja animal, de los glóbulos rojos de los seres animados. La ortiga es hierro vegetalizado armónico.

Aportar basalto en el suelo es como poner en el elemento mineral una especie de purín de ortiga, de la misma manera que el purín de ortiga regulariza el humus del suelo.

Hierro, manganeso y titanio

Las traquitas contienen alrededor de un 60% de sílice total, las andesitas un 50%, los basaltos un 40%. Podemos constatar que lo que aumenta en los basaltos son los elementos básicos y anfóteros (semiácido, semibase) es decir los tres metales más importantes: el hierro, el manganeso y el titanio. El hierro, y su hermano el manganeso (de la familia del hierro) tiene dos pesos atómicos vecinos: 56 y 55, lo que es sintomático. Los dos pueden dar ácidos y bases. Los dos tienen esta capacidad de fijar al portador de la vida: el oxigeno, de ahí la importancia de su papel en la vida biológica del suelo, del humus, de los seres vivos (hemoglobina de la sangre, etc… ). La presencia del manganeso parece importante para ayudar al hierro en esta acción allí donde las posibilidades de éste son limitadas. En efecto, el manganeso posee un espectro de acción biológica muy amplia por su multiplicidad de valencias. Puede ser bivalente, trivalente, tetravalente, hexavalente e incluso heptavalente (permanganatos). Es el ser móvil por excelencia que posee muchas puertas de salida, de ahí sus señaladas propiedades catalíticas, remarcables en los fenó- menos de oxidación, es decir en la estimulación vital. No es pues extraño encontrarlo en abundancia en las partes de las plantas en las que la vida vegetativa es la más intensa, tejidos jóvenes por ejemplo, así como en los órganos claves de la vida y de su “aireación”: hígado, páncreas, riñones. Es el mejor de los catalizadores de oxidación. Por último el titanio, un elemento sorprendente y que aparece en el basalto en una cantidad relativamente importante (2,80%). Como el manganeso, en las uniones hierro puede aportar la dureza (el blanco de titanio permite a la pintura mantenerse). Como para el manganeso, la finalidad de su acción es la estructuración, la puesta en forma. Se puede decir que empuja a las fuerzas formadoras a integrarse profundamente en la materia. Nada de tejidos flojos, dilatados, sensibles a las enfermedades criptogámicas, donde la falta de fuerzas formadoras da a esos tejidos una estructura inacabada, por tanto frágil, por tanto en estado de putrefacción. El titanio, metal-metaloide esencialmente tetravalente, forma parte de la familia del carbono tetravalente, es portador y conocedor de las fuerzas de estructura. El titanio ayuda en su actividad a su gran hermano el carbono, esqueleto de la sustancia viviente, haciendo de intermediario entre él y el silicio, captador de formas de estructura, al igual que el manganeso ayuda al hierro. En la clasificación de los elementos, el titanio sigue al silicio. En la naturaleza, su papel de eminencia gris, presente por todo pero muy activa, es manifiesta; incluso por su frecuencia en la corteza terrestre, ¿quién lo habría creído? Es muy abundante pero poco visible pues está diseminado por todo. En la planta lo encontramos también preferentemente en los órganos asimiladores, allí donde se expresa la juventud. En el basalto está concentrado de una manera sorprendente. Lo invisible se vuelve visible.

La “médula ósea” de la Tierra

Hemos señalado al comienzo esta particularidad del basalto de formar prismas hexagonales (6 lados), signo de la luz solar. En su estructura íntima, los microcristales de anfíbol y de piroxeno se presentan en prismas octogonales (8 lados), signo de la tierra. El basalto contiene incluso cristales libres de magnetita. Es una combinación sorprendente de un hierro bivalente (FeO) con un hierro trivalente (Fe’ 0′). Estos cristales son octaedros en 2 pirá- mides de 4 caras superpuestas. La aparición de esos cristales es signo evidente de las fuerzas formadoras terrestres. La descripción analítica del basalto comparado con las otras lavas ha mostrado cuánto se ha quedado atrás en comparación con ellas, se ha quedado “niño” en su diná- mica. La concepción goetheana da la analogía siguiente: las lavas que salen de la “médula ósea” (las rocas son semejantes aquí a los huesos de la Tierra) se expanden a la superficie a fin de ser asimiladas por el humus y el suelo para rejuvenecerlos, procurarles una fertilidad equilibrada, de la misma manera que los glóbulos rojos, artesanos vitalizantes, oxidantes de nuestra sangre, provienen de nuestra médula espinal, para morir algunas semanas más tarde en nuestro bazo. Cada día somos rejuvenecidos, estimulados por nuestro “basalto interior” que se convierte en nuestra sangre. Pero imaginemos que estamos enfermos. Tenemos una temperatura alta y eliminamos nuestras toxinas quemando muchos glóbulos rojos, suprimiéndolos rápidamente. Las cenizas volcánicas o pozzoles cuya composición se asemeja a aquella de los basaltos, son como los glóbulos rojos quemados. En una actividad febril excesiva, esos basaltos han envejecido prematuramente, han sido inflados, han perdido su peso, su riqueza, su ser. Otra analogía se puede aportar si se considera el proceso en su devenir simplemente físico. Se podría comparar la subida de la lava basáltica al “remojo” de un hierro donde los cuatro elementos se suceden armoniosamente: fuego, luz, agua, tierra (choques, frío) para hacer un buen remojo.

Los cristales de magnetita pura corresponden a la parte de hierro semi-quemado que podemos ver aparecer en el óxido de los fragmentos incandescentes que se desprenden del hierro puesto al rojo vivo. Este óxido (ferrum ustrum), lo recomendó Rudolf Steiner para luchar contra la anemia. Mezclándolo en el compost de boñiga biodinámico según el método de Maria Thun, el basalto se ha revelado como un verdadero corrector de carencias, regenerador por excelencia. Aporta al suelo la dinámica de una sílice joven no paralizada como en el cuarzo; crea una arcilla joven que estimula a la arcilla perezosa, pesada, fatigada; libera su hierro y sus bases percutientes que se expresan gracias al manganeso y al titanio con toda soltura y con gran movilidad. Es un estructurante muy eficaz del suelo. Sus efectos calurosos estimulan la vida microbiana y las lombrices de tierra. El compost de boñiga de Maria Thun y su empleo bajo los árboles frutales ha dado notables resultados sobre la calidad de los productos, la salud recuperada, los altos rendimientos con frutos condensados. Es la liberación de los jóvenes “glóbulos rojos” de la tierra. Deberíamos haber pensado en esto antes. Esto se ha podido realizar gracias a la concepción analógica goetheana de la Naturaleza.

El proceso opuesto a la radiactividad y a los hongos

Para terminar, hay que valorar la dinámica basáltica: el basalto que sale del volcán evoluciona todavía en nuestros días y, como parece que ocurre en la génesis de nuestras rocas en su origen, se mineraliza. Como va muy rápido —algo que destacamos aquí—, da pequeños cristales, incluso minerales que no tienen tiempo de cristalizar y la pasta gelatinosa se endurece en estructura vidriosa. Este proceso evolutivo es el opuesto a la radiactividad, en la que el cristal desaparece; una estructura de tendencia gelatinosa aparece entonces dando al final del proceso emanaciones radioactivas. Se puede pues pensar que el basalto es un antídoto de la radiactividad. Pero se puede pensar también en otro efecto: vista esta facultad de endurecerse rápidamente, tiene una impulsión para favorecer todos los endurecimientos: la madera en viñas y árboles frutales (frutos de bayas), y en “el agostamiento supremo” la semilla. Ahora bien —la observación atenta de los vegetales nos lo muestra— toda debilidad, toda falta de madurez juega un papel primordial en la aparición de las enfermedades criptogámicas.

Notas

(1) Roca eruptiva formada por corrientes de lava o por capas intrusivas inyectadas por la acción volcánica en las masas rocosas que forman la corteza terrestre y que se han enfriado en regiones superficiales o próximas a la superficie.

(2) Capacidad de realizar uniones electrónicas con otros átomos.

(3) Podemos encontrar basalto en Canteras Ortiz, Castellfollit de la Roca (Girona) Tel. 972 294 057

Extracto de la revista:  La Fertilidad de la Tierra nº 24

Texto: Xavier Florin

Foto: Pep Callís, La Fertilidad de la Tierra

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